HANS VINDING
· Cuando la Experiencia se Transforma en Vino ·

El hombre que tiene más cosechas que años, que llegó a estas tierras patagónicas casi olvidadas y las recreó, el que vivió años pendulando entre hemisferios  es hoy, después de mucho andar entre viñedos y barricas, uno de los enólogos que vive su unión y pasión en la Patagonia, creador de bodega Noemia Patagonia.
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Nació en Stellenbosch, y la libertad de vida de sus progenitores lo llevo a ese mosaico de regiones que hoy siente como un enorme privilegio, su fonética fusiona y delata sus andanzas por el mundo. Creció en Bordeaux en el viñedo del padre, el Chateau Rahoul y Chateau Landiras y a los 18 años, cuando la adolescencia mostraba su costado más rebelde lo mandaron a trabajar a una bodega en Australia al lado de Murray Tyrrells . “Fue una época de mi vida bastante complicada, me gustaba el arte, el cine, la música, quería ser artista, pero terminé en la bodega de un amigo de mi padre. Trabaje allí por primera vez de manera profesional con suma rigurosidad, era como un servicio militar. Pero aprendí muchísimo y comprendí que es fundamental trabajar todos los días en el viñedo, caminarlo y vivir allí.
Un par de años después volví a la bodega de mi viejo, pasaba el tiempo entre el hemisferio norte y el sur, durante treinta años no tuve invierno, recién a los 46 años viví por primera vez esa estación del año y me encantó el frío, la lluvia. Recorrí los cuatro continentes, hice 50 cosechas y viví en diez países, ese es mi gran capital, haber podido aprender en cada lugar con los mejores”.
Porta la templanza y la humildad tan propia del hombre que se sabe firme en su saber  mientras se le escurre ese humor tan particular que lleva a flor de piel  para relatar las anécdotas de sus comienzos. Llegó a la Patagonia cerca del año 98 casi sin saberlo cuando una importante empresa inglesa lo contrató para hacer un asesoramiento en Uruguay, Chile y Argentina, pero él creyó que iría a Mendoza. “Cuando me dijeron que vendría a Patagonia dije, ¿qué es eso?, ¿qué voy  a encontrar allí?”. Así llegó a la bodega Humberto Canale, conoció a los Barzi con quienes entabló una muy buena relación y comenzó a trabajar con ellos. “Inventarié los viñedos, comprobamos la calidad del agua y me di cuenta que el lugar era increíble, el clima, todo era perfecto. Recuerdo una noche que fuimos con Barzi a cenar a Recoleta a un muy buen lugar y me dieron un vino que venía con la mejor recomendación; despertó mi interés en la búsqueda de obtener algo más de toda esta región : en este país tienen todo, hay mucho por hacer aquí”.

Hans llegó sin imaginarse lo que encontraría, pero nunca más se fue. Hoy está casado con Maria Belen argentina, tienen un hijo Juan Andreas nacido en estas tierras, grandes amigos en el sector vitivinícola y muchos proyectos aún por desarrollar. Marcelo Miras es uno de sus grandes amigos, cosa que en un comienzo fue algo particular.

Hans decidió quedarse en este país: “Él me ayudó a encontrar estas tierras que estaban abandonadas, el lugar estaba destruido y de a poco lo fui transformando y recuperando”.

Por aquel entonces Vinding tenía una pareja italiana, Noemí Marone de Cinzano, quien decidió apostar por su proyecto y asociarse cuando probó uno de sus vinos  y así surgió Noemia Patagonia: “No le iba a poner Chateau Hans, ella confió y apostó, entonces la bodega llevaría su nombre. Así fue que en el 2003 fuimos a la feria de vino The London Wine Trade Fair, y mi socia me sugirió que lleve dos botellas, yo siempre escucho a la mujeres, siempre. Y ahí me encuentro con un inglés Master of Wine muy famoso que me pregunta:“ ¿Qué llevas ahí?, “nada…, un vinito que estoy  haciendo en Patagonia Argentina”, le contesté. Y ahí nomás  me llevó a un stand de un inglés crítico de vinos. Abrieron la botella, lo probaron y se sorprendieron. Apenas teníamos 1100 botellas de nuestra primera cosecha, todo hecho a mano, absolutamente artesanal, sin maquinaria. El Master of Wine me dice: increíble,  el importador me dice: no sé cuántas hiciste pero te compro todas”…Lo gracioso fue que en ese momento pasaron dos sommeliers franceses y se lo compraron al tipo que me lo compró a mí dos minutos antes.  Cuando volví le dije a mí socia: compraron todo. Así fue como llegamos al mundo y cuatro  meses después  la Wine Spectator nos dio 94 puntos por nuestro primer vino cuando sólo Catena llegaba a eso”.

Mainque le dio la tranquilidad, el aire seco, el brillo de las plantas, el paisaje, grandes amigos Mirás, Barzi, Oscar, su mujer Maria Belen, la potencialidad de la gente y de su tierra. Un tipo inquieto, con gran sentido del humor, reflexivo  y con la dosis justa de pensamiento mágico a flor de piel. “Me tuve que reinventar mil veces, mejorar muchas cosas, ser autocritico, no tenes  que quedarte nunca con el éxito y los laureles porque  ahí se te acabó todo. Cuando uno hace las cosas con el corazón, poniéndole pasión, se nota.”.
Nada es suerte, nada. Y Vinding lo sabe más que nadie, creció descalzo en los viñedos del padre, sintió en sus pies la tierra de cuatro continentes, vivió, entre uvas, cosechas y trabajó incansablemente para armar y recrear bodegas. Por algo carga más cosechas que años. Y eso no es suerte, es trabajo.
Hoy su vino es un emblema de la Patagonia Argentina en el mundo. Mientras tanto, él camina sereno entre sus viñedos buscando nuevos desafíos aquí y en el exterior, generoso, humilde y muy agradecido con la tierra que tanto le dio.
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Texto: @Maltagliattivaleria

Fotos: @FlorZitti.

Produccion: Mayra Rozinsky

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